[meteor_slideshow slideshow=”noticia-133″]

Este podría ser el título de la historia de vida de Richard. El segundo llanto de su vida, después del venir al mundo fue cuando tenía seis meses de edad, recibe un combo por parte de su padre –también delincuente- en circunstancias de querer golpear a la madre. Ella para defenderse antepone al infante de escudo y el golpe llega directo a la cara de la guagua, provocándole un estrabismo permanente.

De claros y oscuros, de amores y desamores, de penas, desilusiones, tristezas, abandono, soledad y golpes se va desarrollando la vida de Richard Gabriel Vega Díaz, desde su más tierna infancia. Con un padre biológico ausente, y una madre que lo abandona muy pequeño, huyendo a Santiago, de una vida de malos tratos, violencia y peleas. El niño los primeros años se cría con la abuela materna y su pareja.

Desde muy temprano, va de un lugar a otro, en una ocasión su progenitor quiso recuperarlo y fue a buscarlo a la casa de los abuelos, sin embargo ellos no quisieron entregárselo, por esta razón se trasladaron a Valdivia junto a la primera hija de Paulina, madre de Richard, también abandonada por ella.

“A los 7 años vuelvo a vivir con mi mamá, visitaba bien a menudo la casa de mis abuelos, yo no sabía quién era, estaba muy intrigado. Luego de un tiempo supe que era mi madre”. “Ella era bailarina, nunca fue buena conmigo, no me quería… se emborrachaba siempre”, asegura el joven, sin resentimiento, con cara de nostalgia, dice que tal vez si hubiera vivido con su padre su historia habría sido distinta, aunque reconoce que era un traficante y un homicida.

Durante la convivencia con su madre y su pareja, Richard recuerda que él fue muy castigador y golpeador, lo recuerda con odio y rencor, agrega:“si mi mamá me hubiera querido, me habría defendido de mi padrastro, pero nunca fue así”.

En el colegio le iba bien, era rápido, astuto e inteligente, pero también como todo niño, hizo algunas travesuras, “nunca ataqué a nadie, siempre me defendí, mis compañeros se burlaban de mi porque usaba anteojos muy gruesos y un parche en el ojo”, esto debido a las secuelas del golpe que recibió de su progenitor.

“Nos fuimos a vivir a Maipú, a una gran parcela que le pasaron a mi mamá para que la cuidara”. A los 11 años decide huir, no resiste los malos tratos que recibe por parte de la pareja de su madre.

Fue así como llegó a un hogar de menores, CTD (Centro Transitorio de Menores), dependiente del Sename, en Maipú. Empieza otra etapa muy difícil para él por problemas económicos y estructurales este lugar debe cerrar. Es derivado al COD de Pudahuel, (centro de orientación delictual), siendo designado a una casa donde permanecían jóvenes delincuentes, hasta ese momento Richard no había cometido delito, estaba recluido por “vulneración de derechos”.

“Me di cuenta que el fuerte la llevaba -relata con un sesgo de orgullo-recibí muy malos tratos, por parte de los educadores de trato directo, (ETD). Además pasé hambre y frío, aprendí a defenderme de todo y de todos”.

Al concluir que no tenía futuro, y sentir que no había apego familiar, pues nadie lo iba a visitar, resuelve que su vida sería pertenecer al mundo de la delincuencia. “A los 13 años me hice amigo de un joven de 16 años y planificamos fugarnos”.

Comienza una vida de asaltos y robos, particularmente para comprarse ropa, comida, drogarse y olvidar lo amargo. Vivía en la calle y se juntaba con bandas de jóvenes delincuentes en Conchalí.

En uno de estas andanzas, a los 17 años, vuelve al barrio de su infancia, se reencuentra con Javiera, vecina de cuando eran niños, nace el amor entre ellos, y prontamente ella queda embarazada. La vida juntos, durante el primer año, fue muy difícil, se mudaban de un lugar a otro, también vivieron en situación de calle… se quedaban donde caía la noche. “En la casa de mi polola había muchos conflictos, su mamá era drogadicta y su papá preso por tráfico de drogas, yo tuve que seguir robando, para alimentarnos”, dice Richard.

Al darse cuenta que su Javiera estaba embarazada recurre a los padres adoptivos de su hermano menor, (su madre lo había dado en adopción al nacer) eso tampoco resultó, pues la convivencia fue muy compleja. El tenía un dinero ahorrado deciden ser independiente y arriendan una pieza en el Cortijo.

Durante un tiempo trabaja en una Vulcanización, también en una Empresa de Inventarios que prestaba servicios a Paris. Por su buen desempeño, inteligencia, y buenas relaciones laborales asciende y lo contratan en el departamento de control de calidad de Paris. Esto es muy importante para él, porque ya era padre de familia, nace su pequeño Giovanni, lo recuerda como un tiempo de mucha alegría.

Pero no dura mucho. El padre de Javiera, sale de la cárcel y sin tener donde ir, se refugia con ellos, en la pieza. Por esta situación se producen muchos problemas entre los jóvenes, sumado a esto llegan también los hermanos menores de Javiera, lo que se traduce en un caos total y de una convivencia imposible, según asegura el propio Richard.

La madre de Giovanni, decide estar con su padre y hermanos, se va con el menor a Puerto Montt. “Por esto colapsé emocionalmente, extrañaba a mi hijo, me sentía frágil, y por una provocación de un compañero de trabajo, se genera una riña, yo lo golpeo, y finalmente me despiden”, relata el joven.

Dado esa circunstancia vuelve a las andanzas delictuales, en el intertanto, recibe un llamado de Javiera, donde le expresa que no estaba gusto con su padre en el sur y quiere volver a Santiago, él le paga los pasajes, porque quería ver al niño, pero deciden no vivir juntos, sin embargo mientras Richard encuentra un trabajo en el Jumbo de las Condes, como reponedor, la madre de su hijo se marcha nuevamente, sin ningún aviso y esta vez a Iquique.

Con 20 años y emocionalmente muy inestable asalta a un señora a la salida de un banco, en el sector de Dorsal, es atrapado y como primerizo, (de adulto) quedó con firma los días 15 y 30 de cada mes. El 11 de agosto del 2014 se realizará la Audiencia, para definir su condena y así su futuro.

Como en una historia sin fin, se reencuentra por un breve tiempo con Javiera y su pequeño, sin embargo ella lo vuelve abandonar, se va definitivamente al norte.

Solo y sintiendo un gran dolor por no poder ver a su hijo… deambula por las calles, juntándose con delincuentes, a pesar de aquello se mantiene en la postura de no robar y trabaja haciendo diferentes “pololos”.

Por una casualidad conoce el programa Familia de la Fundación Paternitas, pasando por la calle Recoleta con un amigo, éste le comenta sobre del Padre Nicolás Vial y lo invita a saludarlo. Es así como es acogido por el sacerdote y la institución, proporcionándole alimentación y un techo donde vivir, ya que en ese momento, se encontraba en situación de calle.

El equipo de Paternitas Familia, empezó a trabajar con Richard el año pasado, para insertarlo, y lograr que no se perdiera, como tantos otros. Obtiene un puesto laboral a través del programa, actualmente con 21 años, trabaja en una empresa con sentido de responsabilidad social, o empresas B, donde ha sido muy bien recibido, a pesar de su historia.

Pero como su vida no ha estado exenta de tragedias y dificultades, por un malentendido en una trifulca callejera, recibe un balazo que le llega a la mano, al estómago y pie derecho, esta situación lo mantiene en grave estado por un período de tres meses, internado en la UTI del Hospital San José.

Recuperado del accidente y con mucho ánimo está feliz, en el trabajo lo han apoyado en todo sentido, desde emocionalmente hasta el pago de la cuenta del recinto hospitalario.

“Espero reintegrarme pronto a mis labores, tengo que ir al Kinesiólogo y también es necesario una operación para resarcir la colonoscopía… mantengo en mi cintura una bolsa que recibe mis desechos”.

A pesar de ello Richard es un joven alegre, positivo y entusiasta, pero su gran pena es no poder ver seguido a su hijo, que ya tiene 3 años. Actualmente tiene pareja, una mujer mayor que él y siente que por fin llegó el momento que su historia deje de ser del “terror”.